miércoles, 31 de julio de 2013

Comunicación política en contextos neoliberales. Discursos que anticipan el estallido.


“La ideología neoliberal colma de tranquilidad a los más pudientes”
(Jean Ziegler)
 
 
 
Más allá de sus implicaciones sociales, políticas y económicas, la implementación del neoliberalismo tiene también connotaciones en el ámbito de la comunicación. Analizando algunas experiencias históricas del modelo, ¿cómo se configuran los discursos de los representantes públicos antes, durante y después de la puesta en marcha de estas políticas?
 
Desde finales de los años 70 distintos Gobiernos de democracias occidentales iniciaron la aventura neoliberal, tanto en países centrales como periféricos. La puesta en marcha del recetario (un paquete simple y homogéneo de medidas que no necesita adaptarse a los diferentes contextos a los que se aplicaba) supuso en todos los casos importantes esfuerzos de comunicación.
 
Un análisis de la comunicación política en contextos de neoliberalismo podría comenzarse unos años antes, en las dictaduras de Augusto Pinochet en Chile (1973) o la Junta Militar en Argentina (1976). No obstante, a estos gobiernos cívico-militares no les fue necesario utilizar el arte de la persuasión política para aplicar o justificar las medidas neoliberales: la sistematización de asesinatos, persecuciones, secuestros, torturas y demás formas de terrorismo de Estado impedían toda crítica a sus programas y hacían vano el uso de cualquier argumento.
 
Por lo tanto, se tomarán como punto de partida los Gobiernos de Margaret Thatcher y Ronald Reagan a finales de los 70 y la década de los 80 en Inglaterra y Estados Unidos, continuando en algunos países de América Latina durante los años 90 y principios de 2000, y finalizando en la actualidad en el sur de Europa.
 
A partir del ensamblaje de algunas piezas clave de los discursos de los principales responsables políticos en estos distintos momentos históricos, se puede ilustrar cómo se modula y articula el discurso del poder en contextos neoliberales. Un esquema discursivo coherente, integrado por un puñado de ideas repetidas hasta el hartazgo. Relatos que, por su reiteración y simplificación, pueden alcanzar un fuerte grado de interiorización social, incorporándose al “sentido común”.
 
Medidas que no se anuncian: en campaña nadie es neoliberal
 
Dado que no existe un partido que públicamente asuma una ideología neoliberal (y seguramente nunca vaya a haber un “partido neoliberal” como tal), este modelo llegó a las democracias occidentales de la mano de partidos políticos de los más diversos colores ideológicos. Partidos de tradición conservadora o socialdemócrata, formaciones de nueva creación, espacios históricamente vinculados al movimiento obrero y sindical o bien coaliciones de partidos [1].
 
Teniendo en cuenta que las recetas neoliberales han afectado y afectan necesariamente de forma negativa a amplias mayorías sociales, resultan impopulares. Un asunto que no pasa desapercibido para los expertos en marketing político y propaganda. ¿Quién sería capaz de incluir en su programa electoral medidas que van a perjudicar a la mayoría de la población?
 
En todos los casos, estos partidos llegaron al poder con los países en situación de crisis financiera, desempleo, deuda pública o inflación elevados, y por ende con un grado de descontento social. Las promesas electorales durante las campañas se centraron en ofrecer soluciones a estos escenarios, omitiendo la concreción de cómo se llegaría a éstas [2]. Ninguno de los entonces candidatos habló de recortes de inversión pública, de abandono de la tutela social del Estado, de privatizaciones de bienes y servicios públicos, de reducción de puestos de trabajo y achicamiento del Estado o de mercantilización de derechos sociales.
 
De esta forma, con propuestas abstractas, una fuerte inversión publicitaria y valiéndose de los errores de sus predecesores, Thatcher, Reagan, Menem, Fujimori, Sánchez de Lozada, Rajoy o Samarás, entre otros, se alzaron con el poder del Estado. Recién en ese momento, las buenas intenciones y la abstracción de los programas dieron paso a la aplicación del recetario neoliberal.
 
Empezando a mostrar las cartas: “no hay alternativa”
 
Fue Margaret Thatcher quién inmortalizara en 1979 la frase “no hay alternativa”, en relación a que el neoliberalismo era la única opción posible, dadas las circunstancias sociales y económicas por las que atravesaba Gran Bretaña en ese momento. Una frase tantas veces repetida por la Dama de Hierro que desde entonces comenzó a utilizarse como sigla, TINA (“There Is No Alternative”).
 
En el inicio de la puesta en marcha de un programa neoliberal, esta consigna es una de las claves en la comunicación política. El presidente del Gobierno español decía en 2012 que "el Gobierno ha tenido que hacer cosas que no le gusta hacer para salir de la grave situación en la que se encuentra". Dicho de otra forma, “ya nos gustaría poder hacer otra cosa, pero con la herencia que hemos recibido, no tenemos otra alternativa que hacer esto”.
 
El argumento que justifica el ajuste estructural del Estado es la necesidad de reducción del déficit público, ocultando la fuerte transferencia de riqueza desde el sector público hacia el privado concentrado. Siguiendo con el mandatario español, “corregir el déficit es una obligación y algo imprescindible para España”, o "recortar (...) es imprescindible porque en este momento no hay dinero para atender a los servicios públicos".
 
En este punto, y para apoyar esta idea, suelen usarse sobre-simplificadas explicaciones del funcionamiento económico. Margaret Thatcher aclaraba décadas atrás “esta verdad fundamental: el Estado no tiene más dinero que el dinero que las personas ganan por sí mismas y para sí mismas. Si el Estado quiere gastar más dinero, sólo puede hacerlo endeudando tus ahorros o aumentando tus impuestos. No es correcto pensar que alguien lo pagará. Ese «alguien» eres «tú». No hay «dinero público», sólo hay «dinero de los contribuyentes»”.
 
Otros ejemplos de lo mismo: un referente del neoliberalismo en Argentina, Domingo Cavallo [3], mientras anunciaba como Ministro de Economía en 2001 el enésimo ajuste del gasto público, afirmaba que “hay que ir a déficit cero y dejar de vivir de prestado”. También Rajoy arrojaba luz sobre esta cuestión en 2012 asegurando que “lo que no se puede gastar es lo que un país no tiene”.
 
Como puede verse, resulta curioso que la comunicación de la economía neoliberal, según sea conveniente, puede apoyarse en modelos inteligibles sólo para un selecto grupo de “expertos” (ocultación) o, por el contrario, puede ser tan simplista como las afirmaciones anteriores (reduccionismo). “La teoría económica convencional acostumbra a practicar, no se sabe muy bien si a partes iguales, la ocultación y el reduccionismo desvirtuando el carácter y la percepción de la economía” (Martínez González-Tablas & Álvarez Cantalapiedra, 2013).
 
Además de querer minimizar la pérdida inexorable de apoyo popular, la idea de la inexistencia de alternativas al neoliberalismo también tiene como trasfondo un intento de des-ideologizar el modelo, queriendo instalarlo en la opinión pública como si fuera una cuestión referente a las ciencias puras. “No nos gusta lo que estamos haciendo (no elegimos, no es ideología), pero no tenemos opción (es una decisión científica)”.
 
Además de su inevitabilidad y su carácter científico, existen otras cartas de presentación del modelo. La primera, como una “modernización” de las instituciones democráticas y el aparato productivo. Cavallo afirmaba que “vivimos una época de modernización de todo el aparato productivo después de que Argentina había quedado rezagada en todos los sectores”. La segunda, que existe una suerte de consenso global sobre la adopción de este tipo de medidas. “Hay que recuperar la confianza de los mercados” o “hay que estar insertado en el mundo” son frases utilizadas repetidas veces por la primera línea del Partido Popular español.
 
Ya puesto en marcha el recetario neoliberal, parte de la sociedad, el periodismo y la oposición parlamentaria exige a los Gobiernos explicaciones por la incoherencia entre las propuestas plasmadas durante la campaña electoral y las medidas de política real que se implementan.
 
En este punto, se pueden ver dos estilos diferenciados de un particular mea culpa. Uno más pragmático: Mariano Rajoy afirmaba en 2013 que “quién me ha impedido cumplir mi programa es la realidad” o “dije que bajaría los impuestos y los estoy subiendo (…) han cambiado las circunstancias y tengo que adaptarme a ellas”. Otro estilo, impunemente “sincericida”: el ex presidente Carlos Menen declaraba meses después de comenzar su andadura neoliberal en la Argentina que “si yo hubiera dicho lo que iba a hacer, nadie me hubiera votado”.
 
Primeros impactos: “Estamos mal, pero vamos bien”
 
Cuando los impactos de las medidas neoliberales, en lugar de atenuar la situación de dificultad e insatisfacción que sufrían distintos sectores sociales antes de su puesta en marcha, evidencian un rápido empeoramiento de sus condiciones de vida, un retroceso de sus derechos sociales y un aumento del descontento social, la retórica de los representantes políticos y portavoces del poder debe dar un nuevo giro.
 
Cuando las cosas empeoran para la mayoría, se intenta transmitir el hallazgo de “brotes verdes”, de una ilusoria “luz al final del túnel”. La idea es que los “sacrificios” que viene haciendo el grueso de la ciudadanía bajo el yugo del libre mercado y sin tutela del Estado están empezando a dar sus frutos. Aunque éstos todavía no sean visibles para los sacrificados por el modelo.
 
En un discurso en 1996, Menem sentenciaba que "estamos mal, pero vamos bien". En la misma dirección, Rajoy afirmaba en 2013 que “aún no podemos decir que España va bien, pero va mejor y el rumbo marcado es el correcto”. Este intento por vender esperanza e ilusión a sus votantes tiene como fin seguir pidiéndoles “sacrificios”.
 
Otra línea argumental consiste en incidir en que las decisiones que adopta el Gobierno son responsabilidad de otros actores o circunstancias. Principalmente, los resultados de las políticas de sus predecesores: afirmaba Mariano Rajoy, con el país plagado de protestas y movilizaciones como consecuencia de las medidas de su Gobierno, que "el PSOE carga con una culpa histórica. Hay que decirlo alto y claro". Thatcher decía que “curar la enfermedad de Gran Bretaña con el socialismo es como intentar curar la leucemia con sanguijuelas”. Y Menem, incluso hasta el último año de su década de mandato, no desistía en señalar “la pesada herencia” dejada por su antecesor.
 
La culpa de la política y de lo público
 
El debilitamiento y la denostación de la política y lo público son condiciones sine qua non para la implementación del modelo neoliberal.
 
Desacreditar a la política como un instrumento de transformación a disposición de las mayorías promueve la desafección y, de esta manera, facilita que ésta pase a ser de dominio del poder económico concentrado. Ronald Reagan dejaba a las claras su visión sobre la política. "Se supone que la política es la segunda profesión más antigua de la Tierra. He llegado a la conclusión de que guarda una gran semejanza con la primera".
 
Igualmente prostituido debe quedar lo público. Un ex ministro menemista, Roberto José Dromi, en referencia a las políticas de privatizaciones del Gobierno, afirmaba: “nada de lo que deba ser estatal permanecerá en manos del Estado”. No es un dato menor que Dromi en ese momento fuera Ministro de Obras y Servicios Públicos del Estado nacional argentino.
 
Si la política y lo público son partes del problema, las soluciones deben pasar por lo individual. En palabras de Margaret Thatcher “Están situando el problema en la sociedad. Y «la sociedad» no existe. Hay hombre y mujeres individuales, y también hay familias. Ningún gobierno puede hacer nada excepto a través de cada persona, y las personas necesitan mirar por sí mismas en primer lugar. Es nuestra obligación mirar por nosotros mismos, y después por nuestro vecino”.
 
Discursos que anticipan el estallido
 
Cambian los momentos históricos, los contextos mundiales, los territorios y los Estados-nación, las condiciones materiales de subsistencia de los pueblos, los nombres o las tendencias ideológicas de los partidos políticos. Pero en los casos analizados hay al menos tres cosas que no se alteran: las recetas en política económica, sus impactos sociales y los conceptos subyacentes al discurso de quienes, desde las instituciones políticas, deben implementarlas y legitimarlas.
 
Discursos que niegan lo que van a hacer, lo que hacen, y también las consecuencias de lo que hacen. Discursos que buscan responsables fuera, desacreditan a la política, injurian lo público y tiñen decisiones ideológicas de científicas. ¿Lo hacen por pragmatismo de realpolitik o por vergüenza ideológica?
 
Más allá de las palabras, parece evidente que los gobiernos neoliberales hacen lo que quieren hacer y saben lo que ello implica. Quieren instalar un nuevo “contrato social” que busque la legitimación de otro régimen de propiedad, con clases dominantes mucho más dominantes, un desmantelamiento y privatización del Estado, y la primacía de la competencia y la lógica mercantil en una sociedad individualista, insolidaria y descohesionada.
 
Dado que este sistema político y económico profundiza la desigualdad y la injusticia social, empobrece y expulsa a grandes mayorías, estos gobernantes, condenados a recoger el apoyo popular, necesitan un relato fuerte para poder implementar la versión más voraz que ha conocido el capitalismo en su historia.
 
Más allá de las palabras, los gobiernos neoliberales han dejado o están dejando los mismos legados económicos, sociales y políticos. Los discursos analizados anticipan el estallido de una crisis social que se va gestando durante todo el tiempo que duran estas medidas. Más allá de que se repita incesantemente la idea de que “no hay alternativa”, en última instancia, y como dijera José Saramago: “la alternativa al neoliberalismo se llama conciencia”.
 
- Rodrigo F. Miranda | Alba Sud
 
 
Notas:
 
[1] Por ejemplo, Margaret Thatcher llegó al Gobierno desde el Partido Conservador, Ronald Reagan desde el Partido Republicano o Mariano Rajoy desde el Partido Popular. Por su parte, Alberto Fujimori ganó las elecciones generales peruanas con formaciones nuevas, como Cambio 90 y Nueva Mayoría; Carlos Menen se alzó con el poder desde el Partido Justicialista, Fernando De la Rúa fue electo presidente argentino con la Alianza, y Antonis Samarás fue nombrado Primer ministro griego con Nueva Democracia en coalición con PASOK y DIMAR.
 
[2] Algunos eslóganes de estas campañas coincidieron en sus ideas abstractas. “Amanece en América” o “América ha vuelto” (Ronald Reagan, EEUU); “Revolución productiva y salariazo” (Menem, Argentina); “El laborismo no funciona” (Thatcher, Inglaterra); “Perú, país con futuro”(Fujimori, Perú); “Súmate el cambio” (Rajoy, España).
 
[3] Cavallo fue presidente del Banco Central durante la Dictadura Militar argentina (1981), Ministro de Economía durante la presidencia de Carlos Menem (1991-1996) y también durante la de Fernando De la Rúa (2001). 
 
Bibliografía citada:
 
Martínez González-Tablas, A. & Álvarez Cantalapiedra, S. (2013). “Aportaciones para una representación compleja y abierta del sistema económico capitalista”. Revista de Economía Crítica n. 15.
 
 
 

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viernes, 28 de junio de 2013

Informar no es Comunicar

(Por Fabián Silveira - Usina de Medios). Informar y ser informado ya es parte de una necesidad  de primer grado en las sociedades de la convergencia y transformaciones tecnológicas, de hecho el derecho a la información y la comunicación es parte de la disputa de sentido en las legislaciones, y marcan un parámetro para pensar un verdadero desarrollo o atraso social de las sociedades. Las redes sociales explotan de fanáticos que dedican gran parte de sus horas (tan solo si Skipe -560 millones de usuarios-, y Facebook - 515 millones- fuesen países se ubicarían terceros y cuartos entre los países con mayor población, solo por debajo de China e India y por encima de Estados Unidos). Ahora bien, asumir el reto de comunicar implica un desafío inminente para las organizaciones de la economía solidaria que muchas veces por los apremios de una necesidad imperiosa de visibilizar los aportes (productos y servicios) en la sociedad, hacen confundir estas dos dimensiones transformándose prácticamente en un  mismo concepto.

El sector de la economía solidaria, particularmente el cooperativismo y mutualismo está integrado por más de  30 mil entidades de base ( 25.864 cooperativas y 4936 mutuales) , 7 confederaciones, y más de 229 federaciones, y esto representa que más de 13 millones de compatriotas reciben, consumen productos y servicios cooperativos y mutuales, inclusive muchos de ellos sin saber su procedencia.

La necesidad asumida del sector de trascender la propia "jungla", un contexto histórico nacional favorable (aplicación parcial de la ley de medios, y políticas públicas de comunicación como nunca en la historia), y una coyuntura mundial donde el capitalismo a entrado en una crisis profunda, tornan viable y casi de manera obligada esta necesidad de informar los beneficios de este modelo.

Con la premisa de continuar perfeccionando las herramientas, dispositivos y redes de medios del sector como son los diarios regionales, las radios de gestión comunitaria, cooperativa y mutual; las "nuevas" pantallas, productores asociativos; es inminente apostar por redoblar la apuesta y trabajar el concepto de la comunicación organizacional como categoría superadora del concepto de informar.

La comunicación se presenta dentro de toda estructura social, y sobresale en el plano organizacional, es productora social de sentido, genera (o rompe) lasos de identidad y es productora de significancias (modos concretos de relacionarse y no otros)  que van reconfigurando el vínculo entre la gente y sus organizaciones. Desde esta perspectiva  se concibe a la comunicación como la estrategia tendiente a consolidar alianzas y enfrentamientos sociales. La comunicación organizacional es en este sentido un nivel superior al de la comunicación institucional. Ratificando estos conceptos es necesario afirmar que es indisociable (hasta riesgoso), pensar a la comunicación separada o reducida a un área de la política organizacional.

Todo el sector sabe, inclusive sus dirigentes de la importancia de visibilizar - leasé informar- los beneficios del sector, pero no todos han terminado de asumir, y no porque no se quiera sino porque las matrices históricas de los modelos de comunicación arraigados desde la dictadura han marcado esta forma de construir mensajes (emisor - mensaje - receptor) la importancia de no hablar ya de informar sino de comunicar; a pesar todavía de esta pesada deformación conceptual, es importante marcar también que desde muchos de los que tienen la responsabilidad concreta de conducción, junto a trabajadores de la comunicación, comienzan fuertemente a entender esta concepción y trabajar para asimilar por parte de las instituciones, esta visión jerárquica de la comunicación.

Congresos de formación en política de comunicación, recursos económicos destinados a ella, organigramas que contemplan la jerarquía de la comunicación, jornadas de capacitación específica en la materia, representantes que defienden la importancia de la misma, documentos históricos que sientan precedentes  históricos y teóricos, elaboración de contenidos colectivos que bancan esta concepción como lo fue  libro: "Economía Solidaria: Hacia otro mapa de la comunicación", producción de políticas en comunicación convergente entre confederaciones, son algunos indicios de buenos tiempos.

La necesidad de informar esta en el ADN del sector, el salto cualitativo y ventaja competitiva en el mercado, estará dada entonces por este desafío de comunicar, el compromiso con la comunidad y la cooperación son constitutivas de nuestro movimiento.

Tenemos como entenderlo, sabemos cómo hacerlo, y este es el momento de practicarlo, y de esta forma también defender la plena aplicación de la ley de medios. Muchas voces, otras voces, es en definitiva pensarnos de una vez y para siempre en sujetos con derechos y obligaciones de política comunicacional. Solo desde esta concepción y criterio se está en condiciones de saber qué hacer con la información y cada uno de sus dispositivos.

Fabián Silveira - Usina de Medios

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jueves, 10 de enero de 2013

CNE de Ecuador monitorea campañas políticas en medios de comunicación


El CNE de Ecuador monitorea la publicidad, el tipo, la hora, fecha y el anunciante de las campañas políticas, que arrancaron el pasado 4 de enero y que culminarán el 14 de febrero próximo, dos días antes de los comicios generales.


El Consejo Nacional Electoral (CNE) de Ecuador ha comenzado el monitoreo en 114 medios de comunicación sobre las campañas de los partidos políticos para las elecciones generales, que se celebrarán el próximo 17 de febrero. 


Para la promoción de estos comicios, están calificados ante el CNE unos 950 medios y empresas publicitarias. 

En cada medio se hará seguimiento a la publicidad, el tipo, la hora, fecha y el anunciante, por lo que las grabaciones serán las 24 horas del día, de lunes a domingo. 

Las autoridades del CNE ya emprendieron esta labor en 33 medios de Loja (sur), 44 en Azuay (norte), de ellos 36 radios, tres canales de televisión, tres periódicos y dos semanarios. 

La consejera del CNE, Nubia Villacís, explicó que con este monitoreo se busca "una campaña que haga que los ecuatorianos voten a conciencia con dominio de las propuestas de cada postulante". 

El reglamento electoral en su artículo dos dictamina que la finalidad de la publicidad es que los sujetos políticos difundan sus propuestas; y a su vez, para que la ciudadanía escoja informada y consciente.

El Código de la Democracia establece que los productos comunicacionales de campañas no podrán exceder los 60 segundos y en caso de infracciones se imputará al gasto electoral correspondiente.

Además, estipula multas de 50 mil a 100 mil dólares al medio de comunicación que divulgue una publicidad sin autorización.

El pasado 4 de enero arrancó la campaña electoral, que se extenderá durante 42 días consecutivos hasta el 14 de febrero próximo, tres fechas antes de los comicios generales pautados para el día 17.

El 17 de febrero los ecuatorianos están convocados a elegir al Presidente, al Vicepresidente, a 137 integrantes de la Asamblea Nacional y a los diputados al Parlamento Andino (Parlandino).
Fuente: Telesur

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sábado, 25 de agosto de 2012

(VIDEO) Nuevo reality show, la guerra como entretenimiento.



En un artículo titulado "El reality show del Pentágono", el politólogo italiano Manlio Dinucci pone el ojo sobre un nuevo programa televisivo que esta rompiendo récords de audiencia en EE.UU. Se trata del trillado formato del reality show, pero no ambientado en una casa cerrada, una isla o un bar, sino en escenarios simulados de combate. Adjuntamos la traducción de la nota al español, realizada por la Red Voltaire a partir de la traducción al francés de Marie-Ange Patrizio.

 

El Pentágono acaba de concebir un programa de televisión que está rompiendo los records de audiencia de la NBC. En una mezcla entre el esquema del reality show, un tipo de programa que escenifica la realidad para que los televidentes puedan verla, y el esquema de los juegos televisivos en los que se crean situaciones que ponen a prueba las capacidades de los concursantes, el Pentágono propone ahora jugar a la guerra en escala natural. Este programa de propaganda –cuyo equivalente más cercano serían las competencias deportivas en uniforme de combate que organizaba Joseph Goebbels– busca al mismo tiempo resaltar los valores de aptitudes marciales y ocultar la crueldad de las guerras reales.

Los miembros del comando se lanzan al mar desde un helicóptero en vuelo y, al alcanzar la playa a bordo de un bote inflable, eliminan las fuerzas enemigas con sus fusiles de asalto, minan un almacén y lo hacen saltar en pedazos mientras se retiran colgados del helicóptero.

Las personas que realizan esta acción no son Marines ni miembros de los Navy Seals sino actores, cantantes, campeones deportivos o conocidos hombres de negocios reclutados por la cadena de televisión estadounidense NBC para participar en el reality show titulado «Stars Earn Stripes» [«Las estrellas se ganan galones»] y posteriormente entrenados y acompañados en la acción por verdaderos miembros de fuerzas de élite, como los Boinas Verdes.

El objetivo de este programa, según explica la NBC, es homenajear a «nuestros héroes» que vuelven de las guerras al mostrar al televidente las «increíbles misiones que ellos realizan en la vida real». Cada concursante participa para ganar una suma de dinero que irá a una asociación de militares, estimulando así a los telespectadores a aportar también sus propias contribuciones.

Pero lo que hace verdaderamente único este reality show es su excepcional animador: el general estadounidense Wesley Clark, ex comandante supremo del comando aliado en Europa de 1997 a 2000. Es el general Wesley Clark quien planifica las misiones de los concursantes, los guía y los evalúa. No carece de la experiencia necesaria para ello. Fue precisamente el general Wesley Clark quien planificó y dirigió la guerra contra Yugoslavia. Ya retirado, Clark ha escrito varios libros y ha impartido cursos sobre cómo «dirigir y ganar la guerra moderna», basándose en la de 1999.

Fue aquella la primera guerra que libró la OTAN en sus 50 años de historia, explica Clark, para «poner fin a la limpieza étnica de Milosevic contra los albaneses de Kosovo». Una guerra en la que «América (Los Estados Unidos de América. NdT.) proporcionó su liderazgo y escogió los blancos que había que golpear». Pero el Pentágono la convirtió en «una guerra de la OTAN» al implicar en ella a sus aliados, que efectuaron el 60% de los ataques aéreos.

Así describe Wesley Clark el palimpsesto de otro reality show, mucho más importante que el de la NBC, que el Pentágono viene transmitiendo también al mundo entero para dar una apariencia de realidad a algo que está lejos de ser verdad, escondiendo los verdaderos motivos y objetivos de la guerra. Y para ello recurre a la aplicación de dos reglas: dirigir la atención de la opinión pública hacia el enemigo número 1 del momento (Milosevic, Ben Laden, Sadam Husein, Kadhafi, al-Assad, Ahmadinejad) mostrando lo peligroso que es y lo justo y urgente que resulta la intervención militar; e implicar a los aliados, pero de manera tal que siempre sea Estados Unidos quien mantenga el liderazgo.

En el reality show de la guerra se permite la fabricación de «pruebas» contra los enemigos, como las que presentó en la ONU el secretario de Estado Colin Powell el 5 de febrero de 2003, para demostrar que Irak tenía armas biológicas de destrucción masiva. «Pruebas» cuya falsedad admitió posteriormente el propio Powell, pidiendo incluso a la CIA y el Pentágono que le explicaran por qué le habían proporcionado «informes inexactos».

Pero el reality show de la guerra ha pasado ahora a nuevos episodios. Hoy se acusa a Irán de querer fabricar armas nucleares, mientras se finge ignorar que Israel dispone de ese mismo tipo de armas desde hace varios decenios y que las mantiene apuntando contra Irán y otros países.
Programas de televisión como «Stars Earn Stripes» ayudan también a alimentar la idea de que existe un enemigo y de que es necesario defenderse. Wesley Clark podría transmitirlo también en Italia, contratando como figura excepcional a Massimo D’Alema, quien, como presidente del consejo, en 1999, puso las bases militares y las fuerzas armadas de Italia bajo las órdenes del hoy animador del reality show «Stars Earn Stripes».

 

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