Desde 1971 a 1973, un equipo de profesionales chilenos, comandados por el británico
Stafford Beer,
desarrolló un sistema tecnológico para poder administrar -a tiempo
real- las industrias estatales del país sudamericano. Con recursos
escasos y creatividad ilimitada, en poco menos de un año el reducido
equipo de ingenieros, diseñadores e informáticos fueron capaces de crear
el prototipo que no existía en ningún otro lugar del mundo ni mucho
menos a escala nacional: el proyecto Cybersyn o SYNCO, en español.
“Revolucionarios Cibernéticos. Tecnología y política en el Chile de Salvador Allende”, fue escrito por la académica americana
Eden Medina mientras desarrollaba su tesis doctoral en el MIT y acaba de ser publicado en español por la editorial chilena
LOM.
Con más de 50 entrevistas y mucho material de archivo, Medina consigue
explicar este revolucionario capítulo de la tecnopolítica y el contexto
que lo hizo posible.
Beer pretende implantar su teoría de El
Modelo de los Sistemas Viables (VSM, según sus siglas en inglés): así
como el cerebro toma la mayor parte de las decisiones importantes y no
controla todo; un sistema viable debe estar compuesto por partes con un
alto nivel de autonomía. Su idea era implantar un sistema nervioso
electrónico en la sociedad chilena, donde todos sus componentes
estuviesen conectados entre sí por una red de comunicación nacional. A
largo plazo, esto ayudaría a la igualdad. Como lo describió The
Guardian, “
era una suerte de internet socialista, décadas antes de su tiempo”.
Considerado uno de los padres de la cibernética y fuertemente influido
por los biólogos chilenos Humberto Maturana y Francisco Varela, hacia
1970 Stafford Beer trabajaba como consultor internacional de alto vuelo y
honorarios, conducía un Rolls Royce y vivía en una gran casa a las
afueras de Londres. Sus ideas de cibernética organizacional nunca habían
sido llevadas a la práctica hacia un nivel más extenso y por ello no
vaciló al recibir la llamada de Fernando Flores, entonces un joven
ingeniero del gobierno socialista, quien lo invitaba a aplicar sus
teorías para organizar la economía estatal. “Tuve un orgasmo”,
recordaría años después.
Aterrizó en 1971 en Santiago de Chile
cobrando en dólares y demandando chocolates, whisky y otras
excentricidades para un país que debía lidiar con escasez de alimentos y
el mercado negro. Chile vivía la Unidad Popular con aquel incómodo
presidente que se había convertido en el primer socialista
democráticamente electo. El mismo que creía en la vía pacífica para
hacer la revolución. El país estaba crispado políticamente y Estados
Unidos intervenía a través de la CIA.
A pesar de la euforia
inicial donde se creía hasta en lo imposible, dentro del gobierno se
dieron cuenta que la ingente cantidad de minas y fábricas nacionalizadas
era un desaguisado organizacional de poca eficiencia, con empresas que
mantenían a sus gerentes originales y otras eran ocupadas por sus
empleados.
Medina narra el encuentro entre el cibernetista y el presidente:
“Allende, con formación de patólogo, inmediatamente captó la
inspiración biológica detrás de modelo cibernético de Beer y con
conocimiento asintió a lo largo de la explicación. Esta reacción dejó
una gran impresión en el cibernético. "Le expliqué todo el maldito plan y
todo el Modelo de Sistema Viable de una sola vez; nunca he trabajado
con nadie que comprendiera ni una pizca de lo que estaba diciendo." Una
vez que Allende ganó una familiaridad con la mecánica del modelo de
Beer, comenzó a reforzar los aspectos políticos del proyecto e insistió
en que el sistema se comportase de una “manera descentralizada, con
participación de los obreros y antiburocrática". Cuando Beer alcanzó
finalmente el nivel superior de la jerarquía del sistema, el lugar en el
modelo que Beer había reservado para Allende, el presidente se echó
hacia atrás en su silla y dijo: "Por fin, el pueblo."
La Habana y
Moscú trabajaban desde hacía ya un tiempo en proyectos computacionales
para controlar la economía. Pero la apuesta chilena era radicalmente
diferente. En vez de dotar de más poder a las jerarquías políticas del
Partido Comunista, aquí se perseguía empoderar a los obreros para la
toma de decisiones. Si allí no lograba solucionarse el problema era
derivado, como última instancia, a la Sala de Operaciones ubicada en la
capital.
Ops Room
La Sala de Operaciones merece mención aparte. El diseño es sencillamente alucinante y su responsable fue el alemán
Gui Bonsiepe,
destacado miembro de la escuela de ULM (Alemania), principal deudora de
la Bauhaus. Se usaron principios de la Gestalt para que la información
llegara, se manejara y se entendiera de modo simple y profundo. Siete
sillas giratorias dispuestas en un círculo dentro de un espacio
hexagonal donde se desplegaban una pantalla llamada Futuro (donde se
mostraba un simulador de la economía chilena), un esquema del VSM,
pantallas de reportes de excepción en tiempo real y otra de Datafeed
para la presentación de datos económicos actuales.
Muy pocos
botones en el brazo de la silla demandaban un ejercicio de síntesis a
los usuarios para poder manejar la información. En aquella época la
mecanografía era una labor exclusiva de secretarias. Según Beer, había
“que eliminar a la chica entre la máquina y el usuario”. Este hecho,
para Medina, “es un recordatorio para los diseñadores de que las
suposiciones de género y clase pueden afectar el diseño de un sistema
tecnológico incluso cuando estamos diseñando algo para un futuro
utópico”.
El proyecto Cybersyn (en inglés, sinergia
cibernética), o SYNCO (en español, sistema de información y control),
contaba de varias partes. Una de ellas y la que alcanzó mayores
resultado fue Cibernet gracias, en parte, a que encontraron 500 máquinas
de telex en una bodega militar. Con ellas pudieron desarrollar un
sistema que conectara a todas las empresas nacionalizadas y poder
monitorear su producción y problemas a tiempo real. Las empresas se
comunicaban con la Sala de Operaciones y desde allí se conseguía saber
el estado de la producción.
El proyecto CHECO (Chilean Economy)
pretendía modelar y predecir el sistema económico con simuladores de
comportamiento que se analizaban en la Sala de Operaciones. Para ello se
usó un software originalmente desarrollado para
El Club de Roma.
Otra parte del proyecto fue llamada Ciberfolk, que implementaría un
dispositivo en todos los hogares para que la gente opinara su acuerdo o
desacuerdo con las políticas del gobierno. Ciberfolk nunca se puso en
práctica más allá de experimentaciones piloto.
Cibernética versus muerte
Para la autora, Cibersyn no fue un disparate. “Partes del proyecto
fueron útiles para el gobierno. La construcción de una red de télex en
todo el país fue determinante durante dos huelgas generales de
camioneros que desabastecieron el país. Con este red, el gobierno pudo
coordinarse con las fábricas y con los trabajadores, entregar
suministros, buscar vías alternativas ya que los caminos estaban
cortados. Si bien no fue él elemento, sí ayudo al gobierno a sobrevivir y
sortear una crisis mayor”.
Pero no cree que, dentro del
contexto de la Unidad Popular, hubiera sido efectivo el proyecto que
imaginaron los diseñadores: “porque en parte hay una contradicción allí
de cómo modelas o predices el comportamiento de un sistema, en este caso
de un sistema económico, que no tiene presidente. Cómo modelas o
predices el comportamiento de una economía cuando hay tantos factores
que están fuera de ese sistema sin influenciar su comportamiento.
Estamos hablando de mercado negro, de intervención de Estados Unidos.
¿Cómo registras eso en un predictor económico?”.
“Necesitas
otorgar mucha educación a los trabajadores para implementar algo así”,
continúa Medina. “Cuando ves estos hermosos planes donde el sistema iba a
ser participativo y los trabajadores iban a modelar sus propias
fábricas y estarían involucrados en el uso del sistema... Eso sí
necesita mucha educación al trabajador. Y cuando ves todo lo que estaba
ocurriendo en la realidad en los talleres y lo que estaban haciendo los
trabajadores como mantener las máquinas en funcionamiento, ingeniar
maneras de administrar materias primas y suministros cuando no
escaseaban. Hubiese sido mucho pedir que encima de todo este caos,
hubiesen programas de entrenamiento y educación en sistemas
computacionales de modelamiento de fábricas. Y creo que Fernando Flores
también tuvo un comentario muy perceptivo y es que “la cibernética es un
valor limitado cuando alguien te quiere matar”.
Cibersyn no
consiguió salir del nivel prototipo y revolucionar la economía chilena.
El 11 de septiembre de 1973, tres día después de que Allende ordenase
trasladar la Sala de Operaciones al Palacio de Gobierno, éste fue
bombardeado por Hawker Hunters de la Fuerza Aérea.
Medina
recuerda el encuentro de los golpistas con el proyecto: “Al entrar los
militares a la sala, uno preguntó: “¿Esto están usado para el control
del país?”. Y un trabajador le dio una respuesta muy cibernética: “A qué
te refieres por control?”. Y la conversación no avanzó mucho”. Al poco
tiempo, destruyeron todo lo hecho por el equipo de Beer.
Comenzaba la era de la derecha neoliberal, que bajo el alero de Pinochet
también abrían la economía chilena para la experimentación, aplicando
las teorías económicas de Milton Friedman.
Allende se suicidó
el mismo día del golpe militar. Muchos integrantes del proyecto se
exiliaron, algunos tras sufrir persecución política. Stafford Beer
regresó a Inglaterra, vendió su casa y se mudó a una pequeña cabaña en
Gales sin agua potable. Renunció a muchas de sus posesiones y comenzó a
vivir una vida más sencilla. Su trabajo comenzó a enfocarse a asuntos
más sociales. Empezó a escribir sobre pobreza, sobre cibernética y
opresión, trabajos para usar la cibernética para resolver conflictos
políticos, etc.. Chile fue un punto de inflexión profundo para él.
Su influencia ha sido reconocida por figuras como David Bowie, Brian
Eno y sigue siendo materia de estudio en diversas escuelas de negocios.
Angela Precht
Fuente:
http://www.eldiario.es/turing/revolucionarios-ciberneticos-Salvador-Allende_0_173933188.html
Etiquetas: Nuevas Tecnologías, Politicas de Estado, Software